Agradecer la existencia del otro

Ella, la guerrera

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Una vez Ella me dijo que las mujeres de la sierra tienen fama de bravas… pero no me demostró eso el día que la conocí. La mujer que tenía enfrente mío estaba abatida, dolorida y sin fuerzas.

Vino a la Argentina huyendo de la ‘costumbre’ (según su idea) de su país donde lo hombres dejan embarazadas a sus mujeres y se van dejándolas solas… Las cosas de la vida (de su vida) quisieron que ese destino la acompañara y terminó enamorándose de un hombre que la fue abandonando aun viviendo juntos. Con un niño en camino esta persona empezó a desatenderla hasta no darle la comida que necesitaba, sumado al maltrato psicológico de él y su familia. Finalmente Ella  tomó valor y con su hijito se fue de la casa. Comenzó a trabajar de empleada doméstica y con el tiempo logró que el padre de la criatura cubra algunos gastos. Este señor retomó la relación con su hijo de más grande. Y ahí Ella tuvo que volver a lidiar con la desvalorización, las diferencias, sus propios sentimientos encontrados… porque a veces ella soñaba con reconstruir esa familia que apenas se esbozó y no pudo ser. Y ahí los celos se mecharon profundizando el dolor. Después la bronca. Y también la depresión. Se sentía impotente ante una enorme muralla sin puertas, sin fin. Porque este señor solo le devolvía gritos.

Fuimos acompañando cada matiz de lo que le iba pasando, aceptando cada sentimiento, aprendiendo a no rechazarlo y respetando sus tiempos.

No podría decir cuál fue el momento preciso en que empezó a salir… de a poco empezó a conseguir mas trabajo. Pudo mudarse a un lugar mas agradable. Empezó a aflorar la serrana de adentro para poner límites a lo que Ella no quería. Pudo empezar a alegrarse por otras cosas que le sucedían. Y decidió empezar a estudiar una carrera universitaria después de tantos años de no haber tocado un libro. No le fue fácil pero Ella se permitió el ir de a poco. Recursaba las materias con la convicción de que en la próxima vez las entendería mejor. Y así fue avanzando. A la vez que encontraba trabajos que la acercaban a ese mundo nuevo que había elegido.

Dejamos de vernos a mitad de su carrera de estudios y plena carrera por su vida. Con la antorcha en alto orgullosa de ser Ella con todo lo que había vivido y todo lo que estaba por vivir.

Y yo sintiéndome una privilegiada por ser testigo de esta transformación.

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Un abrazo!!!

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Reconciliarse con la vida…

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Hoy me encontré con Elvira (nombre ficticio pero historia real). Traia una planta en la mano. A ella le gustaba cuidar sus plantas, hacer ‘hijitos’, multiplicarlos.

Hace unos años su hija murió repentinamente. Podemos imaginar su dolor y creo que con imaginar no alcanzar porque es algo desgarrador.

Elvira siguió con su vida. Seguía trabajando, hacía sus cosas. Pero su vida estaba descolorida. Dejó de cuidar sus plantas. Ya no le importaba su salud. Su comentario era que ya no le importaba vivir aunque desde afuera no parecía porque mantenía la efusividad de las paraguayas (o al menos de las que conozco). De afuera parecía fuerte.

Poco a poco se permitió que algunas personas atravesaran esa fortaleza y tocaran su corazón lastimado. El muchacho que ella cuidó desde chiquito y la adoptó como segunda mamá le habló del amor que le tenía.Ella todavía tenía mucho para darle. Él la acompaña y le da un lugar en su vida.

Y como se conectó con su parte amorosa, Elvira salió a adoptar otros hijos. Conoció a una chica cuyo marido la abandonó al enterarse que estaba embarazada. Y ahi está Elvira presente, cercana. Hoy llevándole el hijito nuevo de su planta.

Pienso en lo importante de los soportes, esas personas que nos sostienen, en las que podemos apoyarnos.

Y contenta me dice que hace 11 meses dejó de fumar. Le cuesta mucho (fuma desde los 11 años) pero no quiere aflojar.

Hoy me dijo que eligió vivir.